La necesidad de rechazar la violencia

La vida nunca ha sido fácil, ni el mundo un lugar afectuoso para el ser humano. En el pasado siglo XX diversas guerras asolaron el territorio europeo, siendo las dos guerras mundiales el máximo exponente de la decadencia y la infamia humana. La Primera Guerra Mundial fue una guerra nunca antes vista, pues con la aparición de armas desconocidas hasta entonces se dio lugar a situaciones estrambóticas, como enviar unidades de caballería a luchar contra ametralladoras modernas, lo que provocaba una auténtica carnicería.

Unos años después, la Segunda Guerra Mundial enseñó al mundo dos cosas: la primera, que una nueva guerra a esa escala, con el añadido de las armas nucleares, probablemente significaría el fin de la sociedad moderna; la segunda enseñanza era subsiguiente a la primera, y es que el mundo está condenado a entenderse para evitar un sufrimiento atroz.

Tras el fin de la II GM los países del globo, a pesar de sus diferencias abismales, consiguieron crear estructuras de entendimiento, de negociación y de compromiso. La ONU, surgida en 1945, es el ejemplo de que se puede avanzar hacia la concordia. Es cierto que es una organización imperfecta, y que es incapaz de actualizarse de forma simultánea a cómo está cambiando el mundo, pero es un referente innegable. Por su parte, la creación de la Unión Europea ha sido un proceso largo y complejo, pero que ha significado un portazo a la Europa de la discordia del siglo pasado

Con lo dicho anteriormente quiero poner sobre la mesa un hecho: a pesar de todos los problemas que existan, la violencia nunca será la solución. La ley del Talión quedó anticuada hace mucho. Con esta premisa por delante, gran parte de los Estados se han organizado para encarar los problemas a través de soluciones no agresivas. De hecho, experiencias como la guerra de Irak han vuelto a señalar que la violencia es hija de la violencia.

No obstante, hoy en día todavía hay muchos conflictos que desangran al mundo. México tiene su lucha interna contra el narcotráfico; Ucrania, su propia guerra en el este; la guerra de Siria se ha convertido en un avispero del que nadie sabe salir; Libia, más de lo mismo… Es decir, pese a que nos repetimos constantemente la suerte que tenemos de vivir en el mundo del siglo XXI, no sabemos cómo parar estas contiendas que han segado miles y miles de vidas.

Analicemos el caso de Libia, pues es un caso muy interesante. Cuando la llamada Primavera Árabe arribó a este país del Magreb, las protestas se extendieron rápidamente. El Consejo de Seguridad de la ONU, a través de la resolución 1973, autorizó a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles. Los países cumplidores de la resolución se unieron en una misión con un objetivo poco claro, pues ¿había que derrocar a Gadafi? ¿Había que conseguir una solución consensuada para Libia? ¿Qué había que hacer? En cualquier caso, todos conocemos el final, Gadafi murió asesinado y Libia se ha visto abocada a los enfrentamientos entre milicias armadas, ya que cada una quiere imponer su propia ideología. Conclusión, la violencia solo genera más violencia.

Ante tal situación, ¿qué podemos hacer con las cruentas guerras que aún continúan? Probablemente no exista una solución universal, sino que debe de ser adecuada a las características propias del país en cuestión. Sin embargo, hay al menos una cosa de la que sí podemos estar seguros: los acuerdos y los pactos derraman menos sangre y son más eficaces que las guerras o, si no lo son, al menos no han costado ninguna vida. Pero para llegar a un pacto hay que conseguir una cierta unidad, y es que la unidad es elemental para conseguir cualquier objetivo. El Estado Islámico, por ejemplo, se alegra de una manera sobrehumana cuando ve rencillas entre países que deberían ser aliados, y así lo muestra en su revista Dabiq:

Imagen Dabiq

Imagen de la revista del Estado Islámico, que dice: “Piensas que están unidos, pero sus corazones están divididos”.

Por tanto, la unidad es algo elemental. Ahora bien, en el artículo titulado “La maquinaria propagandística del Estado Islámico” terminé diciendo que “hay que actuar de forma unida e implacable ante el EI, ya sea en la guerra cibernética como en el mundo real”. ¿Significa eso que justifico la guerra en ese caso? No. Creo que una guerra contra el Estado Islámico es una guerra perdida de antemano, como lo fue la guerra de Afganistán o la guerra de Irak. Es innegable que hay que ayudar a Siria e Irak a eliminar la lacra que supone que un grupo terrorista aspirante a Estado haya ocupado miles de kilómetros de ambos países, pero pensemos con la cabeza fría.

Una guerra en este caso no tiene sentido. Incluso la creación de una alianza para invadir el territorio actualmente controlado por el grupo terrorista no significaría una victoria, pues los terroristas se disiparían por “el inmenso mundo islámico para reaparecer después y respondernos golpeando nuestras retaguardias civiles con ataques terroristas hasta deteriorar la capacidad de resistencia de nuestras democracias”, tal y como señaló Ahron Bregman, exmilitar israelí y profesor de Estudios de la Guerra en el King’s College.

Considero que hay formas mejores para dañar al Estado Islámico, por ejemplo atacando de forma implacable sus fuentes de financiación, sin miedo a señalar cuáles son los países que le están comprando petróleo y otras materias primas.

En resumen, no intentemos justificar lo injustificable. La violencia ha perdido el sentido en el mundo actual, que debe resolver sus problemas a través de la unión, la palabra y el entendimiento. Todo lo demás lleva a la derrota.

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